Domingo GariDomingo Gari

Es una conducta bastante común que los canarios/as renieguen de su lado indígena, no así de los demás componentes étnicos que conforman su identidad de grupo. Tanto estudiantes universitarios, incluidos los del grado de Historia, como el pueblo mismo, sea de la clase social que sea, cuando la ocasión se presenta en tertulia amigable o en foros de otra índole, suelen repetir la consabida idea de que los guanches fueron exterminados durante la conquista militar de las islas. Hablo aquí de guanches como genérico al conjunto de los habitantes precoloniales. Lo guanche se reduce al terreno del mito.

No sé a ciencia cierta cuándo esa idea pasó a ser parte constitutiva del sentido común de los canarios. Es verdad que a este respecto, como en otros, el sistema educativo en Canarias hace agua por todos lados, y que buena parte de responsabilidad en la construcción de ese imaginario se debe al poco interés demostrado por las autoridades educativas para buscarle solución. Tras 35 años de competencias plenas, podemos decir que el fracaso es absoluto.

Viajeros y estudiosos de nuestro pasado, sin embargo, siempre han defendido la idea contraria. La población canaria en la edad contemporánea procede de manera mayoritaria de sus abuelos precoloniales, como gusta decir al profesor Pablo Quintana. Para el etnógrafo Juan Bethencourt Afonso el porcentaje rondaba el 90% (para Tenerife) en el momento de constituirse la nueva sociedad en el siglo XVI. En estudios más recientes, el catedrático de historia económica, Antonio Macías, habla del 40%. Entre esos dos investigadores otros muchos remarcan similares ideas, sin dar concreciones porcentuales. A falta de un estudio de demografía histórica que nunca se ha llevado a cabo, mantengamos esas horquillas.

George Glas en su Descripción de las Islas Canarias de 1764 escribió: “Aunque los habitantes de estas islas se consideran españoles, provienen de una mezcla de los antiguos habitantes, los normandos y otros europeos que los sometieron, y de algunos moros cautivos”. Y en otro pasaje remarca: “Las grandes familias de estas islas se sentirían altamente ofendidas si alguien les dijera que son descendientes de los moros, o incluso de los antiguos habitantes de estas islas; sin embargo, imagino que no sería cosa difícil probar que la mayor parte de sus amables costumbres les han sido transmitidas por aquellas gentes”.

El antropólogo francés René Verneau, estudioso destacado de los pueblos del norte de África, escribió en 1891: “Los habitantes (de Tenerife) se parecen mucho, desde todos los puntos de vista, a sus vecinos de Gran Canaria. Sin embargo, el tipo guanche se observa con más frecuencia”. En otra parte de su estudio anota: En el “pueblo de San Juan de la Rambla (…) no nos hallamos en presencia de descendientes de los conquistadores. Son realmente guanches, a los que se han venido a mezclar algunos españoles”. En su periplo por los pueblos del Archipiélago podemos leer consideraciones del mismo estilo.

Medio siglo antes, hacia el decenio de 1840, Sabino Berthelot, en su trabajo Etnografía y Anales de la Conquista de Canarias, dio origen a los trabajos de antropología física en los que dejó sentado la continuidad entre los habitantes precoloniales y los del siglo XIX.

Hacia 1901 el historiador, geógrafo y militar Rafael Torres Campos, en el discurso presentado para ser miembro de la Real Academia de la Historia, que lleva por título Carácter de la conquista y colonización de las Islas Canarias, defendió parecidas posiciones. Argumentaba que ello ponía de manifiesto la naturaleza integradora que tuvo la conquista, que fue capaz de incorporar a los indígenas canarios en el seno de la nueva sociedad colonial, como demuestran las concesiones de datas a las familias aborígenes. Dice Torres Campos que “de los hechos de armas que hacen los historiadores, se deduce que de las guerras de conquista no perdieron las Islas una vigésima parte de su población”, y toma como dato demográfico la cifra de 100.000 habitantes que había dado Fray Bartolomé de las Casas en su libro Historia de las indias, publicada en 1520.

Para Torres Campos la razón de que se haya ocultado la evidencia guanchinesca tiene que ver con “el deseo de los indígenas canarios de ser tenidos como españoles”. Idea bastante pertinente si tenemos en cuenta que la diferencia material entre las dos culturas es tan favorable al mundo europeo con respecto al canario, que más allá de algunos intentos heroicos de resistencias llevadas a cabo por los alzados en los primeros decenios del siglo XVI, el grueso de la población, tras la derrota militar, no tuvo otra alternativa que aceptar el dominio de los europeos en la nueva sociedad colonial, lo que implicó también la pérdida de su lengua y la toma de los nombres y apellidos de los conquistadores que les ejercían de padrinos de bautismo. Quizá esperaban así salir de una sociedad de la carencia, para entrar en una que les garantizase los sustentos mínimos de manera más regular y segura. Tras la conquista, Canarias se instaló en el atraso de las sociedades periféricas del capitalismo, y ahí estuvo unos cuantos siglos. Pero el salto cualitativo había sido evidente.

Con esta integración durante la colonización primigenia de la que nos habla Torres, se terminó logrando la permanencia de la identidad étnica. “Como los rasgos físicos de los actuales canarios, la perpetuación de las antiguas costumbres, de los utensilios y de los procedimientos de las industrias domésticas y agrícolas de los indígenas, muestra que el pueblo primitivo está vivo”. Todo ello, “acusa claramente que no son descendientes de los conquistadores, aunque ellos lo pretendan”. El desconocimiento del pasado en estas islas lleva a la paradoja, junto con las razones anteriores, según Torres, de que haya “podido pensarse que dejó escasa huella la población primitiva, y se ha dado lugar al peregrino caso de que guanches ó mestizos contemporáneos sostengan la completa exterminación de la raza cuya noble sangre circula por sus venas”.

El antropólogo y profesor de la Universidad de La Laguna, Manuel Lorenzo Perera, en su conocido libro La tradición oral en Canarias, apuntaba en el decenio de los ochenta del siglo pasado otra razón para explicar la desmemoria sobre nuestro lado amazigh, y era la insuficiente atención de los estudios sobre la sociedad campesina llevados a cabo hasta entonces. Se perdía así el “filón de investigación etnohistórico (…) y (…) las fuentes orales”. Un cuarto de siglo después de la advertencia de Lorenzo Perera, algunos trabajos comienzan a paliar tal déficit (Joaquín Carreras, 2004; Fernando Sabaté, 2012). En todos los pueblos del sur la etnohistoria es una disciplina central para la explicación del pasado, y aquí está por desarrollarse convenientemente.

El colonialismo produce que al colonizado sólo le quede la “alternativa de la asimilación”, según nos recordaba Albert Memmi en su libro El retrato del colonizado, en el que nos enseña que “el colonizado parece condenado a perder progresivamente la memoria”. Idea que hemos de complementar con la manifestada por Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, cuando analizando el impacto que el colonialismo francés había generado en la mente de los argelinos, dijo que la situación colonial genera en la mente del colonizado el deseo de “instalarse en el lugar del colono (…) sustituir al colono”. 

¿Es ese nuestro diagnóstico?